Liceo República de Brasil

 

 

 

 

 

  Quién fue Víctor Jara?

 

 

Hablar sobre una personalidad que abarcó tantas facetas interrelacionadas no es tarea sencilla.

 

Víctor Jara fue uno de los cantautores latinoamericanos más importantes y que mayor proyección ha tenido porque fue uno de los creadores de la Nueva Canción Chilena. Aquí destacaré que también fue profesor de teatro en la Universidad de Chile y director artístico de grupos chilenos como Cuncumén y Quilapayún.

 

En el desarrollo de su música fueron importantes las influencias de la música folklórica chilena -apreciables a nivel visual a través de su característico Poncho embravecido- los temas históricos que vivió, la situación social de determinadas clases sociales como la indígena que por aquel entonces no tenían derechos y vivían en situaciones deplorables en la mayoría de los casos, así como su ideología de izquierdas y los artistas que conoció y con los que colaboró, como su “maestra” Violeta Parra.

 

Lo que sucede con la figura de Jara y con su legado es que la visión que se ha tenido de él ha dependido de la situación política de su país y podemos determinar tres períodos diferentes relacionados con el momento histórico y político que se vivió en Chile:

 

El primero corresponde a la vida de Jara porque denunció las carencias y desigualdades que existían en su país. A nivel político se involucró en la cuarta campaña de Salvador Allende para ser presidente, estuvo afiliado al Partido Comunista de Chile y fue nombrado Embajador Cultural del Gobierno de la Unidad Popular. Por todo esto el día del Golpe de Estado, el 11 de septiembre de 1973, fue arrestado, torturado -entre otras abominaciones le destrozaron las manos- y asesinado. Aunque este hecho fue denunciado y repudiado a nivel internacional, no impidió que determinados artistas extranjeros, alguno español, cantaran tan solo unas semanas más tarde en ese estadio que albergó semejante genocidio. De vez en cuando aparece en los medios alguna noticia sobre el proceso judicial contra sus presuntos asesinos.

 

 

Hasta el fin de la dictadura de Augusto Pinochet, en 1990, determinados artistas y sus obras estuvieron prohibidos incluyéndose en las listas negras, por lo que dejaron de escucharse en la radio y en la televisión y sus discos no estuvieron a la venta y tuvieron que ser publicados en otros países, sobre todo en Europa.

 

Desde 1990 y coincidiendo con la instauración de la democracia en Chile se ha producido una (re)contextualización de su figura y su música tratando de recuperar y divulgar su obra.

 

Una de las atractivas características de Jara es que fue un artista cercano al pueblo y el medio principal con el que lo consiguió fue la canción popular para lo cual utilizó instrumentos folklóricos y en sus canciones habló sobre los acontecimientos históricos de esa época, algo que en general era afín a la población. Tampoco fue ajeno a otra de las temáticas de la Nueva Canción Chilena como fue la religiosa porque -además de por cuestiones personales que de joven le llevaron a ingresar en el seminario de san Bernardo– a través de la canción protesta se trató de cambiar el pensamiento de la sociedad y uno de los temas que utilizaron fue la crítica a la Iglesia cuyo poder estaba asociado a los regímenes dictatoriales y opresores del que unas pocas clases sociales se beneficiaban. Precisamente en relación a este tema, uno de los álbumes que destacaré es Pongo en tus manos abiertas (1969) y dentro de este una serie de temas como Plegaria a un labrador donde le puso voz a un campesino entremezclando lo sacro y lo profano; también la Zamba del Che porque la victoria de Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara en Cuba supuso una gran influencia a nivel cultural, así como el asesinato del Che en Bolivia.

 

Pero como no todo estaba relacionado con temas profundos y serios, en varias de sus canciones dejó plasmado su buen humor como es el caso de La beata -donde aparece el tema religioso de una manera muy distinta-, cuya primera versión la hizo en 1966 y la segunda en 1973 y en las que a ritmo de polca queda claro que «a la beata le gustaba con el fraile la cuestión». Escuchando este tema no es de extrañar que titulara a ese álbum Canto por travesura. Recopilación de cantos folklóricos y tampoco que la Iglesia Católica lo censurara.

Yo no canto por cantar
ni por tener buena voz
canto porque la guitarra
tiene sentido y razon,
tiene corazon de tierra
y alas de palomita,
es como el agua bendita
santigua glorias y penas,
aqui se encajo mi canto
como dijera Violeta
guitarra trabajadora
con olor a primavera.

Que no es guitarra de ricos
ni cosa que se parezca
mi canto es de los andamios
para alcanzar las estrellas,
que el canto tiene sentido
cuando palpita en las venas
del que morira cantando
las verdades verdaderas,
no las lisonjas fugaces
ni las famas extranjeras
sino el canto de una alondra
hasta el fondo de la tierra.

Ahi donde llega todo
y donde todo comienza
canto que ha sido valiente
siempre sera cancion nueva.

 

Manifiesto

 

 

Por qué mataron a Víctor Jara?

 

Lo mataron a Víctor Jara porque cantaba, porque pensaba, porque luchaba.

 

¿Qué vieron en Víctor Jara aquellos fascistas que, en el mes de setiembre de 1973, en el Estadio Chile, decidieron torturarlo de manera salvaje y luego asesinarlo?


¿Qué quisieron destruir con su muerte? No estaban tan sólo vengándose de un chileno que defendía a su gobierno legítimo. No estaban tan sólo vengándose de un comunista.

 

En este hombre que ya había sido tomado prisionero y que continuaba cantando, que continuaba componiendo su música, que seguía pensando, creando y luchando, el fascismo vio a uno de sus terribles enemigos. Víctor Jara estaba simbolizando allí una de las fuerzas más potentes de Chile: la alianza del arte con el pueblo, el compromiso de la cultura con la lucha por la justicia, la unión viva de la imaginación con las masas populares que en el mundo entero se oponen al agresor.

 

Porque en Chile florecía el 11 de setiembre una auténtica cultura popular. Especialmente los artistas jóvenes supieron continuar con entusiasmo el camino que dejaron abierto Pablo Neruda y Violeta Parra.

 

Una arte nuevo, revolucionario en todo el sentido, fue tomando cuerpo a medida que las fuerzas democráticas fortalecían su presencia en el país. Y con el Gobierno de Salvador Allende surgió ya en forma decidida todo ese inmenso auge cultural que de mil maneras diferentes enriqueció la vida del pueblo.

Las Brigadas Ramona Parra que hicieron florecer los viejos muros de Chile con sus pinturas combatientes, que fueron aplaudidas en todo el mundo, que viajaron a París a presentar sus obras, que transformaron al joven común y corriente pintor, que trabajaron codo con codo junto a Roberto Matta, José Balmes y tantas otras primeras figuras del arte pictórico contemporáneo.

 

La voz de Víctor Jara. Las voces de Isabel Parra, de Angel Parra, del Quilapayún, del Temucano, del Inti-Lilimani. Las voces de cientos y miles de conjuntos populares participaban en festivales a lo largo del país e imponían (afirmaban) la nueva canción chilena ante América y ante el mundo. La artesanía, que por vez primera comenzó a viajar por el mundo desde Toconao y Chiloe hacia la capital y hacia otros países.

 

Los conjuntos de teatro que florecieron en las poblaciones, en los campos, transformando al trabajador en protagonistas y autor de las obras.

 

El ballet, la música sinfónica que salieron a pasear por las poblaciones, por los barrios obreros dejando de servir tan sólo a los ricos.

 

 El impulso enorme, gigantesco, que se le da al libro durante el Gobierno Popular. Por primera vez el pueblo pudo comprar en los quioscos de diarios, al precio de una cajetilla de cigarillos, las obras de García Lorca, de Gabriela Mistral, de Neruda, de Carlos Marx, de Lenin, de Chéjov, de Dostoevski, de Mark Twain. Por primera vez los escritores chilenos dejaron de morirse de hambre y sus obras visitaron las casas de sus compatriotas.

 

Así fue: el país logró realizar esa alianza poderosa entre el pueblo y el arte. Víctor Jara y los demás artistas populares lograron darle vida a la cultura chilena.

 

 Por eso es que la cultura es vista por el fascismo como un enemigo implacable. Todo aquello que exprese la verdad, todo aquello que exprese lo que realmente sienten los chilenos, fue un obstáculo para la Junta Militar. Como al fascismo no le gusta la verdad, porque la verdad quiere decir cambio y quiere decir vida, y quiere decir pueblo, el fascismo se ha dedicado a aplastar los síntomas de la verdad.

 

Torpe error.

 

Porque no existe ningún arma capaz de terminar con la imaginación y el espíritu de lucha de un pueblo acostumbrado a la libertad.

 

Asesinaron a Víctor Jara, pero en Chile circulaban clandestinamente los discos con sus canciones. Cada disco de Víctor Jara es hoy día conservado como una joya en los hogares de los jóvenes chilenos.

 

El asesinato de Víctor Jara no fue un hecho aislado. El fascismo dejó caer su mano destructora sobre muchos otros representantes del arte y la cultura de Chile. La muerte de Neruda, Premio Nobel de Literatura y el vandálico saqueo de su casa que se añade al hecho de que su cadáver fue meses más tarde arrojado a una fosa común; el asesinato bestial del doctor Enrique París, uno de los autores de la Reforma Universitaria, el arresto de tres ministros de educación del presidente Allende; la “operación limpieza” que borró de los muros de Santiago en pocas horas el trabajo creador e imitado en muchos países; la quema masiva y publica de libros considerados “perniciosos”; el cierre de todos los órganos de prensa antifascista...; todo ello muestra que en esto terreno Pinochet y otros fascistas chilenos se mantenían fieles al modelo más tradicional del fascismo, aquel que imponían Hitler y Mussolini en los peores años de nuestra historia moderna.

El último poema de Víctor Jara

 

Mientras estuvo retenido en el Estadio, el 15 de septiembre, antes de morir, Víctor Jara escribió un último poema titulado "Somos cinco mil". El poema corrió de prisionero en prisionero por el Estadio hasta que fue descubierto por los militares en el calcetín de uno de los presos, al que interrogaron y torturaron para descubrir quién más lo tenía. Finalmente un preso pudo sacarlo fuera. A pesar de que los golpistas intentaron borrarlo, cuando empezó a correr se convirtió, también fuera del país, una canción de denuncia de las barbaridades que se habían cometido.

 

El poema dice así:

Somos cinco mil aquí.
En esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total
en las ciudades y en todo el país?
Somos aquí diez mil manos
que siembran y hacen andar las fábricas.
¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura!
Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.
Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltando al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte.
¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa.
Que lentamente querrá la muerte.
Pero de pronto me golpea la consciencia
y veo esta marea sin latido
y veo el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona lleno de dulzura.
¿Y Méjico, Cuba, y el mundo?
¡Qué griten esta ignominia!
Somos diez mil manos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del Compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.
Canto, que mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.
De verme entre tantos y tantos momentos del infinito
en que el silencio y el grito son las metas de este canto.
Lo que nunca vi, lo que he sentido y lo que siento
hará brotar el momento...

 

 

 

 

 

Construyendo humanidad para un mundo en constante cambio