Liceo República de Brasil

 

 

 

 

 

  El alma de Chile

 

 

 

 

En el Te-Deum del 18 de septiembre de 1974, el Cardenal Silva Henríquez pronunció en su Homilía estas sentidas palabras sobre nuestra identidad y alma de chilenos. En marzo de 1986, el Instituto Kellog de la Universidad de Notre Dame y CIEPLAN, organizó un curso para estudiantes universitarios, en el que se buscaba comprometer a los jóvenes en la tarea y responsabilidad por el Chile del futuro. En este contexto, el Cardenal volvió a exponer su pensamiento acerca de los valores fundamentales de nuestra nación, los que "constituyen el acervo más rico de la nacionalidad, el alma de Chile".

 

Reproducimos a continuación el texto integro de su intervención el 6 de marzo de 1986, como un antecedente más para determinar la esencialidad de la chilenidad o el carácter chileno.

 

Se me ha pedido participe en el Seminario organizado por CIEPLAN para que hable sobre el Alma de Chile. Es decir, se ha pedido a un Pastor que esboce lo que a su juicio constituye la esencia de la Nación Chilena; lo que caracteriza a Chile como nación. Es evidente que en este campo son muchos los elementos que se podrían señalar como relevantes. Dejando de lado muchas cosas he querido en mis reflexiones hacer presente valores que, a mi juicio, constituyen el acervo más rico de nuestra nacionalidad.


Mi trabajo no es, pues, una carta pastoral que un obispo dirige a su feligresía, ni mucho menos significa romper el silencio para entrar de lleno en la lucha azarosa y difícil de la vida social y política de la Nación.


Mi actuación aquí pretende ser algo mucho más modesto. Es la reflexión personal que un Arzobispo emérito de Santiago hace sobre temas bien conocidos, y tratados por él más de una vez, cuando era el pastor responsable de la diócesis.

 

El Alma de Chile

 

La Patria es alma colectiva

 

La Iglesia y la Patria: dos magnitudes; dos almas que sólo pueden subsistir y fructificar en la medida en que son fieles, cada una, a su tradición.

 

La Iglesia, fundada en la Palabra, el Dolor y el Espíritu de Cristo, sabe que no puede enseñar sino lo que Cristo le confió, ni dar vida sino abrazándose a su Cruz, ni gobernar sino sirviendo como El sirvió. Ella es experta en humanidad y vive siempre inmersa en su tiempo, siempre renovada  y joven; precisamente porque no deja nunca de mirar hacia su origen para reencontrar, en su historia primera, los cimientos perennes de su fe, los motivos de su esperanza  y las razones de  su amor.


También la Patria ha de leer constantemente su itinerario histórico en sus actas de fundación. La Patria -ninguna Patria y Chile menos que ninguna-; la Patria no nace del vacío o del ocaso. La Patria se constituye en el momento en que un grupo de hombres que habitan físicamente un determinado territorio reconocen como suyo un mismo patrimonio de sangre y cultura, entran en comunión de tarea y destino. La Patria no nace por accidente geográfico o por un operativo bélico. La Comunión profundamente humana en valores que exigen deponer innatos egoísmos y merecen el sacrificio de la vida; la solidaridad en una misión y un destino que les concierne a todos y los distingue de entre los demás pueblos de la Tierra es lo que formal y decisivamente constituye a la Patria. El territorio será el ámbito físico de esta comunión en el espíritu, y la gesta militar el instrumento, alguna vez necesario, para resguardar eficazmente este patrimonio de sangre y cultura.


Por eso es que una Patria no puede echarse a andar indiferentemente por cualquier camino. La Patria no se inventa, sólo se redescubre y revitaliza, y siempre en la fidelidad a su patrimonio de origen.


Cuando una nación que es Patria busca su sendero fuera de su tradición, su apostasía deriva fatalmente en anarquía y disolución.


La Patria no se inventa ni trasplanta porque es fundamentalmente alma; alma colectiva de un pueblo, consenso y comunión de espíritus que no se pude violentar ni torcer, ni tampoco crear por voluntad de unos pocos.


De aquí fluye, con imperativa claridad, nuestra más urgente tarea: reencontrar el consenso; más que eso, consolidar la comunión en aquellos valores espirituales que crearon la Patria en su origen. La Historia demuestra -y seguirá demostrando- que sólo en esta fidelidad es fecunda la esperanza.


Los pueblos que enajenan su tradición y por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía, toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía espiritual, su consistencia moral y finalmente su independencia ideológica, económica y política.

 

La tradición Nacional


Chile tiene su alma. Cataclismos naturales, potentes apetitos foráneos, guerras externas y largas noches de interna disensión, hasta el odio; pobreza, sufrimiento -el sufrimiento más terrible de todos-, no amar al hermano, no han podido arrebatarle a Chile su alma. Y en esta hora nos estremece también la esperanza. Chile quiere seguir siendo Chile. Chile anhela empezar otra vez, estar como antes, como siempre, a la cabeza del Reino de los grandes valores; pequeño y limitado, tal vez, en su potencia económica; grande y desbordante en su riqueza de espíritu.  Un  formidable ímpetu de reencuentro y reconciliación surge y quisiera imponerse entre nosotros: reencuentro con nuestro ser original, reconciliación con nuestra tarea y destino y con todos aquellos que por sangre y espíritus caminan con nosotros. Esta afirmación imperativa de nuestra propia identidad se dejará solamente encontraren la fidelidad a nuestra tradición.


A estas alturas no podemos ya eludir la interrogante ¿qué es, en qué consiste esta tradición; cuáles son los valores que constituyen nuestra Patria en su origen, el cuerpo y la sangre de nuestra gran comunión nacional?


Son aquí los expertos quienes tienen la palabra. A ellos toca desentrañar, con respetuoso amor, más allá del ropaje exterior de las fechas y batallas y documentos legales aquellas constantes del espíritu que atraviesan todo nuestro ser y devenir como nación; redescubrir el alma colectiva que nos cohesiona como pueblo y nos otorga el derecho a la existencia.


Pero el pastor tiene también aquí algo que decir; porque en todo proceso histórico se desenvuelve y revela progresivamente un plan divino. Cristo Resucitado, el mismo ayer, hoy y siempre, está presente en cada paso de nuestra historia, en cada rasgo de nuestra alma. Leer nuestra historia con los ojos de la fe es adentrarse así en una opción vital donde contemplamos el rostro y conocemos la voluntad del Señor de los tiempos.

 

La libertad, rasgo predominante de nuestro rostro espiritual


Desde esa perspectiva -la única en que reivindicamos competencia- y apoyados en los testimonios más seguros de aquellos expertos, quisiéramos proponer algunos de los rasgos que -según nos parece- configuran decisivamente nuestra fisonomía espiritual, revelando, a su través,  el  designio de Dios para nosotros.

 

El primero y más evidente es el primado de la libertad sobre todas las formas de opresión.


Hay algo en nuestra alma, en nuestro inconsciente colectivo que nos urge a rechazar, como extraño al cuerpo social, todo aquello que signifique subyugar la persona o la nación a poderes extraños a ella misma. Expresémoslo en forma positiva: en el alma de Chile se da, como componente esencial, el aprecio y costumbre de la libertad, individual y nacional, como el bien supremo; superior, incluso, al de la vida misma.


No es este el momento ni el lugar de probar detalladamente una tesis como ésta, tan recargada de significación como de responsabilidades. Contentémonos con reafirmar nuestro sustancial entronque con el alma de la hispanidad. Somos hijos de una madre cuyo orgullo milenario fue amamantar, en cada creatura, un alma de estatura regia, una soberanía inviolable. Comunitariamente cada ciudad o región hispana cauteló intransigente sus fueros contra todo alarde de despotismo o vasallaje. Fue frecuente ofrendar la vida por la libertad,  preferir la  muerte al deshonor de inclinar la frente ante el opresor.


Y es altivez hispana, expresión tal vez inconsciente de un alma que se sabía originaria de Dios y pagada al precio de la sangre de su Hijo, se encontró en Chile con una nueva rebeldía, tan cerca y empecinada como la suya, que la obligó desangrarse en una lucha de tres siglos y a cantar su admiración y respeto por el adversario tan digno de sí. Y en el inevitable choque de ambas rebeldías sucedió algo prodigioso: el más fuerte y generalmente vencedor, buscó preservar los derechos del que, por más débil, debía finalmente ser vencido.


El conquistador hispano no pudo ni quiso jamás acallar el grito de una conciencia que, en pleno fragor de batalla, le urgía ver, en el indio para él semisalvaje y feroz, un alma humana soberana e inviolable como la suya y que peleaba, como él, por su patria y su libertad. Y al calor de este respeto por la dignidad regia del hombre, cualquiera fuese su condición cultural o religiosa, se  fue elaborando un estatuto jurídico que, pese a sus inevitables trasgresiones, denunciadas  siempre como abusos, miró a preservar a los naturales de esta tierra de toda inicua y degradante esclavitud. Y es que el que ama auténticamente la libertad no tolera edificar la suya sobre la servidumbre o el sometimiento de los otros.


Así empezó a configurarse el alma de Chile. La gesta de la emancipación americana y las primeras defensas de la soberanía nacional contra arrestos imperialistas la templaron definitivamente en esta nota que pasaría a ser rasgo dominante y distintivo de  su  rostro espiritual. En Chile no tiene cabida o vigencia ningún proyecto histórico, ningún modelo social que signifique conculcar la libertad personal o la soberanía nacional. El cuerpo social sería incapaz de asimilarlo, por extraño a su esencia.


Y esta constatación no mira a acunarnos en lo que podría ser un legítimo orgullo, sino quiere reavivar una seria responsabilidad: todo chileno debe educarse y educar a la libertad. La capacitación para el libre ejercicio de las propias aptitudes; para pensar, discernir, opinar y actuar; para participaren la elaboración y puesta en práctica de las decisiones sociales, es tarea primordial de los chilenos.


En definitiva, toda normatividad jurídica y estructuración  institucional,  toda  política  económica y social y todo sistema educacional deben tender a asegurar, a cada chileno, el ejercicio de su libertad y el respeto a su persona como un ser inviolable. Cualquier otra finalidad -la instrumentalización, por ejemplo, de las instituciones sociales para ponerlas al exclusivo servicio de unos pocos- estaría condenada de antemano a la ineficacia por ser extraña y hostil al alma nacional. Los pueblos no pueden impunemente apostatar de su alma.

 

El primado del orden Jurídico


Esta misma lección que nos deja nuestra historia nos introduce ya en el que nos parece ser el segundo rasgo definitorio de nuestro ser espiritual. Semejante al primero, le suministra su necesario complemento. Creemos definirlo bien como el primado del orden jurídico sobre todas las formas de anarquía y arbitrariedad.


El impulso libertario no es patrimonio exclusivo de Chile ni del conglomerado iberoamericano. Son muchos los pueblos, de este y otros continentes, que se irguieron al conjuro de la palabra libertad, para sacudir todos los yugos reales o imaginarios que entrababan su ejercicio.


Pero no en todas partes la dinámica libertadora se orientó por los mismos cauces. No fue infrecuente, por ejemplo, y tal vez constituyó la regia más común, que el ansia de emancipación se empapara de odio fratricida y diera pábulo al desborde de sangrientos revanchismos. Tampoco fue excepción el que el cambio de sistema resultara más de nombre que en los hechos, trocando absolutismos monárquicos por caudillismos despóticos, sin más voluntad ni ley que la fiebre incontrolada de poder. El propio Simón Bolívar confesaría, en 1830, con desalentada sinceridad:


«Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido, a costa de todos los demás».


Quince años antes, sin embargo, su mirada se había vuelto iluminada de intuición que se diría profética, hacia el extremo inferior del continente: «Si alguna República -fueron sus palabras- permanece largo tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el espíritu de libertad; los vicios de la Europa y del Asia llegarán tarde o nunca a corromper las costumbres de aquel extremo del Universo. Su territorio es limitado; estará  siempre fuera del contacto inficionado del resto de los hombres; no alterará sus leyes, usos y práctica; preservará su uniformidad en opiniones políticas y religiosas; en una palabra: Chile puede ser libre».


Y en los mismos años en que, ante el escenario de una América desgarrada y desangrada, Bolívar resignaba el mando, comenzaba a gestarse, en Chile, una nueva concepción de Estado, basada en la autoridad impersonal y el derecho objetivo, que resguardaría las libertades individuales  y sociales inscribiéndolas en el marco estricto del orden jurídico.


Tampoco esta concepción -que se daría en llamar portaliana- arranca del vacío. Sus raíces se hunden en el terreno fecundo de la España madre y de la antigua Roma. Esta, con su culto al derecho como seguro de la libertad aquélla, con su imagen de la autoridad como representante de Dios, servidor y garante de la unidad de su pueblo.

 

El legado portaliano


Cupo a Portales el mérito de traducir ejecutivamente esta concepción en un estilo y tradición de gobierno; pero ella vivía, latente, en el alma del pueblo, y fue su consenso el que la hizo posible. Chile no quería, no podía ser un cuerpo desarticulado, invertebrado. Si hasta su mismo nombre: Chile = médula, parecía estar reclamando cohesión, consistencia, sustancia, orden Y así se fue plasmando, con sacrificios a ratos heroicos, esta manera social de ser, hambrienta, sí, de libertad, pero consciente de que ella sólo es posible dentro del orden, del común acatamiento de normas objetivas que son sagradas porque garantizan la libertad; del común respeto a una autoridad que se impone, más que por la fuerza de la coerción, por la irradiación de su nobleza interior y el imponente testimonio de su altruismo cívico. Don Manuel Montt lo expresaría en una fórmula clásica: «El imperio de la libertad y el orden en el gobierno público. No el de la libertad con mengua del orden, ni el del orden con mengua de la libertad, sino la justa armonía de estos dos principios salvadores de la República».


Así fue como Chile conoció sólo por excepción y transitoriamente los desbordes de la anarquía. El temperamento nacional, ajeno a los extremismos, ponderado, realista, no pudo ni podrá nunca asimilar estilos de conducción basados en la prepotencia arbitraria o el capricho, o la ambición personal. Nuestra alma se nutre de una tradición en que el gobernante se define a sí mismo como servidor, nunca dominador; limitado por el marco de una ley a la que él mismo está, el primero, sometido, y confrontado al juicio de un pueblo que le exige ser oído y respetado y ser reserva el derecho de juzgar permanentemente la calidad moral de su gestión.


Es una ética de gobierno, una filosofía del poder como servicio que desafía a las concepciones teóricas y prácticas vigentes en gran parte del mundo civilizado de entonces. Es la que permite a una nación todavía adolescente ganar rápidamente un puesto de avanzada en la madurez política y jurídica del continente y de ultramar, sentando las bases de una paz social que durará más de medio siglo.


En ese lapso el principio rector jugará con acentuaciones. A veces será el imperio del orden el que resulte acentuado para temperar una mal entendida libertad. Otras será el imperio de la libertad. Otras será el imperio de la libertad para flexibllizar un orden que tiende a hacerse excesivamente rígido. Acentuando, nunca excluyendo: el orden para defender la libertad; la libertad para humanizar el orden: ambos en justa e indisoluble armonía, bajo el imperio de una autoridad que se somete, a su vez, al servicio y al juicio de su pueblo, de su voluntad colectiva   de ser.


De nuevo: no es éste un privilegio para enorgullecemos, sino una herencia que reconquistar, una responsabilidad que asumir.


Todo chileno debe educarse y educar a respetar el Derecho. El Derecho es la justa ecuación entre la libertad y el orden. Sólo el Derecho puede regular, entre nosotros, el ejercicio de nuestras libertades básicas; sólo normas objetivas, válidas siempre y para todos, pueden sancionar y proteger los derechos elementales, de pensamiento y opinión, de libertad personal, de trabajo y subsistencia, de educación y cultura, de asociación y participación. Debemos educarnos a  respetar los poderes o instancias en que ese Derecho se genera, se interpreta y aplica, y a los hombres que los encarnan. Pero más que nada hemos de educarnos al respeto por ese pueblo por quien y para quien es, en definitiva, todo Derecho. Acercarnos, cada vez más, a su corazón, para percibir su latido, y escuchar su voz, y satisfacer sus legítimas ansias de justicia, y garantizar su acceso a los bienes que Dios hizo para todos, y tomar en serio su grandeza de hombres libres, llamados a participar responsablemente en las decisiones que configuran su ambiente económico, profesional y social. La concepción portaliana de gobierno es impensable sin una autoridad que, además de su testimonio de desprendimiento personal, se mantenga permanentemente  en contacto con su pueblo, temperando en él, en su buen sentido y en su fino instinto de lo que es bueno, prudente y factible, los ardores y tensiones inseparablemente conexos con el ejercicio del poder.


Corolario de este respeto al Derecho es la posibilidad de discrepar, nota que singulariza la convi- vencia chilena en toda su historia. Los desbordes de la intolerancia y del fanatismo sectario constituyen entre nosotros, una excepción y un baldón que, aparte de hacernos más humildes, debieran estimularnos a cautelar mejor el don amenazado. La persecución y la venganza política son injertos extraños al alma nacional.

 

La fe como principio integrador


Si se nos pregunta por la razón más profunda de este y otros rasgos del alma nacional, la respuesta puede hallarse en el que nos parece ser el tercer principio integrador de nuestro ser colectivo: el primado de la fe sobre todas las formas de idolatría.


El alma de Chile se ha nutrido, en efecto, desde sus inicios, en la savia vigorizadora de la fe. No una fe cualquiera, sino específicamente la fe bíblica que conforma toda la gran tradición judeo- cristiana.

 

Esa fe tiene, como función primordial, denunciar la falsea de todos los ídolos.


Numerosos son los ídolos que han querido imponérsenos en el curso de nuestra historia. Ya los primeros conquistadores se sintieron tentados por el vértigo del Oro, del Poder y de la Gloria sin medida -ídolos que exigían el sacrificio cruento de incontables vidas humanas-. Pero la fe no los dejó sucumbir a esa tentación. Mientras en otras partes del mundo los naturales eran considerados seres sin alma y degradados al nivel de objeto de uso y comercialización, entre nosotros la fe proyectó su luz transfiguradora, presentando a los nativos, cual quiera fuese su grado de instrucción o su docilidad a la conquista, en su realidad de hijos de Dios, dotados de un origen y destino trascendentes, redimidos por la sangre de Cristo, llamados a la dignidad de la vida en gracia y al misterio de comunión con Dios y sus hermanos, los blancos europeos. Nuestros precur- sores crecieron en un espacio cultural y ético en que la riqueza, el prestigio y el señorío no podían lícitamente comprarse al precio de sojuzgar un ser humano Inmortal. Quienes osaron hacerlo, o intentarlo, sintieron caer sobre sí el peso de todo el andamiaje jurídico de la Corona de España y la sabiduría teológica del sacerdocio Hispanoamericano. Delincuentes ante el Rey, pecadores ante Dios: así fueron considerados aquellos que, negando su fe, la depositaron en los ídolos y soñaron erigir su grandeza sobre el envilecimiento de sus hermanos. Muchas veces fue su propia conciencia, adiestrada en los principios eternos de la dignidad del hombre como hechura de Dios, la que torturó y destrozó sus ambiciones de grandeza, forzándolos a restituir, en vida o en  muerte, todo lo injustamente arrebatado a los aborígenes en guerra de conquista.

 

Fue esta fe cristiana la que marcó con su impronta la epopeya de la colonización americana, tempe- rando sus objetivos económicos, políticos o estratégicos con el hálito misionero del anuncio del Evangelio y el rescate para Dios del alma indígena.


En este y en el subsiguiente período, la Iglesia concentró su vigilancia y su amor en la defensa del más débil. Acompañó al conquistador secundándolo en sus legítimas aspiraciones y ofreciéndole su brazo para enseñar y civilizar; pero su preocupación preferente fue para el conquistado. A unos y a otros les fue ofrecida la fe para arrancarlos de sus ídolos.


Esos ídolos seguirían insinuándose en el correr de nuestra historia, siempre con su pretensión de erigirse en Absoluto. A veces tomarían la forma de ideologías políticas; otras, de sistemas económicos o bien de nuevos códigos de moral. Y ahí estuvo la fe para decirnos que sólo hay un Absoluto: Dios, y el Hombre en cuanto hijo de Dios.

 

Socialismo ateo y liberalismo sin freno


Fue así también como, hace 15 años, y en nombre de esa fe que juramos guardar, los Obispos de Chile debimos advertir, ante la posibilidad de que se construyera en nuestra patria un socialismo activamente ateo, que «cada vez que el hombre ha intentado construir un paraíso en la tierra olvidando a Dios o desfigurando su imagen verdadera, termina fatalmente convirtiéndose en esclavo de nuevos y falsos dioses, como la técnica, la economía o el Estado». Y constatábamos que «el socialismo de inspiración marxista ha conducido hasta ahora, efectivamente, al reemplazo del Dios verdadero por un Estado endiosado por un Estado omnipotente que no reconoce otra ley moral que la de sus propias conveniencias políticas y cuyo poder despótico ha pisoteado y ensangrentado la historia de muchos pueblos, violando derechos fundamentales de la persona, de la sociedad y de las iglesias» («Evangelio, Política y Socialismos», número 36).


En nombre de esa fe cuyo depósito nos ha sido confiado, clamamos con urgencia y angustia para que ni esa ni ninguna otra ideología se convirtiera en ídolo al que hubiera de sacrificarse todo, incluso el alma de un pueblo. Por eso, con la misma urgencia y angustia con que, fíeles a la invariable doctrina de los Sumos Pontífices, condenamos el socialismo de inspiración marxista,


hemos demostrado también la Incompatibilidad de la fe cristiana con la ideología del liberalismo sin freno, que considera el lucro como motor esencial del progreso económico; la concurrencia, como la ley suprema de la economía; la propiedad privada de los medios de producción como un derecho absoluto, sin límites ni obligaciones sociales correspondientes. También esa ideología -ha dicho Pablo VI- conduce a la dictadura y genera -en palabras de Pío XI- el imperialismo internacional del dinero. La fe cristiana nos urge a reprobarla y recordar solemnemente, una vez más, que la economía está al servicio del hombre («Populorum Progressio», número 20; «Octogésima Adveniens», número 26) Sí: sólo hay un Absoluto: Dios, y el Hombre en cuando hijo de Dios. Y la fe bíblica ha venido surcando toda nuestra historia patria, para impedir que nos detengamos en un culto degradante a dioses que no son Dios. Poder, eficacia, consumo, riqueza y hasta el mismo desarrollo económico no son valores dignos del hombre cuando su consecución se logra sacrificando al hombre. Y la gran tarea de la Iglesia, su misión por excelencia, es reivindicar la soberanía de Dios y la inviolabilidad del Hombre por ser hijo de Dios, como el único Absoluto de la Historia.

 

La Iglesia como conciencia crítica


Esta misión coloca frecuentemente a la Iglesia en una cierta tensión o polaridad con respecto a quienes detentan el poder. No se trata, por cierto, de una oposición, sino de una independencia crítica que le permite a la Iglesia, ejercitando su rol de conciencia, discernir en qué grado se respeta la dignidad del hombre y los derechos que le son consustanciales. De ahí también que poruña espontánea gravitación, y conservando su condición de madre de todos, tenga y deba tener la Iglesia un positiva predilección por quien circunstancialmente aparece como el más pobre y el menos defendido. No sólo prueba así su fidelidad a Cristo, sino entrega a los gobernantes su más leal y original aporte.


La fe así entendida se convierte, también, por la esperanza,  en el motor de la historia.  La  historia sólo se detiene e inmoviliza para los pueblos que han abandonado su fe y, con ella, sus motivos de esperar.


Pero un pueblo como Chile, nutrido en la fe del Evangelio, no se ha detenido ni puede nunca detenerse. Nada puede Interrumpir su marcha, su camino ascendente. Nada: ni siquiera el dolor, el Inexpresable sufrimiento de una división, de una profunda herida en el cuerpo social.


Al contrario: ese mismo dolor parece purificar su alma y clarificar su camino. Cuando Pedro del Valdivia acampó junto al lecho pedregoso y abierto del Mapocho, escuchó por vez primera el nombre que designaba un montículo de piedra entre las aguas del río: Huelen. Huelen, que quiere decir, «Dolor».


Y Jaime Eyzaguirre, estudioso y enamorado como ninguno de la historia y el alma de nuestro Chile, de quien tomamos esta cita, nos descubre un misterioso rasgo de nuestro ser: Chile crece mejor en el dolor. La lucha y el quebranto han llegado a ser compañeros inseparables de nuestra raza. Es la Cruz, es la huella de los pueblos que tienen historia y son capaces de hacerla. Por eso el Chile vencedor en todas sus guerras recuerda apenas sus grandes éxitos bélicos y se detiene más en sus epopeyas de dolor: la Concepción e Iquique -allí donde se entrega la vida, allí donde prima el holocausto, y el espíritu, desnudo de todo éxito temporal, se hace noble y puro en el crisol del sufrimiento.


También nosotros conocemos el dolor. Los chilenos de esta década, de esta generación, hemos tenido el privilegio de sufrir, de llorar las lágrimas amargas y beber el cáliz de la incomprensión y del odio.


La mejor tierra del mundo


Conocemos el dolor. Durante un tiempo demasiado largo hemos visto derrumbarse nuestras segu- ridades y orgullos, agrietarse los cimientos de todo aquello que nos hacía grandes, fuertes, respetables; hemos temido que chile dejara de ser Chile, que nos tornáramos irreconocibles a nuestros propios ojos, que la Patria perdiera su rostro y su alma qué amargura, cada uno de nosotros ha sufrido. Pero también y sobre todo aquí comparece nuestra fe, la fe en Cristo muerto y resucitado que nos dice hoy en su Evangelio: «Animo, no tengan miedo: Yo he vencido al  mundo vuestro dolor es como un parto: luego sobrevendrá la alegría, y esa alegría nadie la podrá arrebatar!».


Sí: es como un dolor de parto. Tal vez es necesario, o al menos saludable, aprender así, sufriendo, lo que vale la Patria -revalidar, al precio de un dolor personal, la herencia que otros nos conquis- taron con su sangre-. Es necesario, saludable, tal vez incluso justo sufrir así. Pero es como un dolor de parto. Ahora podemos decir que Chile es nuestra Madre, pero también nuestra Hija. La hemos engendrado, la hemos vuelto a engendrar, nosotros, con nuestro dolor.


Y por eso nuestro amor por Chile su duplica, se hace tierno, vehemente, apasionado, exigente.    A Chile lo amamos hoy como se ama la madre y como se ama a la hija. Ahora que comprendemos, ahora que aquilatamos lo que es tener, lo que es ser Patria, sentimos que no hay tarea más bella que recrearla, misión más noble que reconstruirla, suerte más dulce que morir por ella.


Y entonces es cuando necesitamos, más que nunca, del tesoro de nuestra fe. Nuestra fe en Cristo, muerto y resucitado que nos repite: «¡Animo, no tengan miedo: yo he vencido al mundo!» Si: el mundo, aquello que hay de malo en el hombre, el germen de la mentira, de la división, del odio ha sido ya derrotado por Cristo. Y nosotros podemos, y nosotros debemos vencerlo con El. Puede que a veces sus efectos se prolonguen en espasmos agónicos y nos vuelvan a hacer daño. Pero en su raíz, el poder del mal está vencido: la victoria nos pertenece. La mentira y el odio y la muerte no tendrán la última palabra. En definitiva, todo el odio pasará, la muerte será vencida, y sólo quedará la patria -la familia de hombres que juntos vivieron, lucharon, creyeron y esperaron; la familia de hombres que renunciaron a odiarse porque tenían muy poco tiempo para amarse.


La Patria transfigurada, purificada de todo lo que aún la ensombrece, la Patria  celestial, preparada y previvida en germen en la Patria terrenal - Chile, el de ayer, el de hoy, el  de  nuestros hijos, tierra bendita, tierra buena y de todos; Chile, nuestro gran amor, nuestra gran tarea, nuestro gran regalo -, ese Chile del que Valdivia escribió» «Esta tierra es tal, que para poder vivir en ella, y perpetuarse, no la hay mejor en el mundo».


Queridos amigos: concluyendo mis palabras expreso mi gran deseo que es más bien oración. A Cristo Jesús, al Dios de nuestros padres y de nuestra Patria. A Nuestro Señor, traemos, como ofrenda sagrada, esta tierra de Chile, con sus hombres, nuestro pueblo, sin distinción ni excepción alguna; con esa vocación de todos a ser libres; ese derecho de todos a sentirse hijos, ese deber de todos de ser padres de un nuevo Chile. Un Chile que siga siendo, hasta que Cristo vuelva, la tierra mejor que hay en el mundo. Asi sea.

 

Raúl Silva Henríquez, Cardenal.

 

 

 

 

 

 

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