Liceo República de Brasil

 

 

 

 

 

  La cuestión de la identidad chilena

 

 

La cuestión de la identidad chilena (editado)
Hernán Cuevas

 

Introducción

 

El argumento central de este artículo es que varios de los datos provistos por la encuesta ICSO-UDP nos sugieren que la mejor manera de concebir la identidad nacional chilena es a partir de la noción de comunidad imaginaria y que su fortaleza deriva de un doble proceso ideológico. El primero, basado sobre la represión, es decir, de una posibilidad que es excluida. ¿Qué es lo excluido? La no identificación con Chile. Dicho de otro modo, no importa cuál sea la versión de identidad a la que se adhiera, el punto es que la lealtad hacia lo chileno no se cuestiona. El segundo proceso ideológico es el de la hegemonización del campo ideológico por discursos y prácticas sociales, como ocurre con la parada militar y el discurso militarista acerca de la identidad nacional que asocia la historia nacional con la historia del Ejército de Chile y sus glorias militares.

 

Un segundo argumento es que la fortaleza de la(s) identificación(es) con Chile se deriva(n) precisamente del carácter imaginario y proyectivo. Esto se facilita dado que el significante Chile carece de un contenido específico, por lo que cada grupo social se puede ver de algún modo reconocido en el nombre Chile.

 

Un tercer argumento es que la efectividad de la(s) identificación(es) con Chile se explican al menos en parte por la reproducción de lo chileno en prácticas y ritos. De un modo similar a como se pueden entender que los ritos religiosos fundados en representaciones sociales acerca de lo sagrado y lo profano, los ritos seculares nacionales están a la base de la conformación de un orden social y de una comunidad de sentimientos y afectos.

 

Chile: una comunidad imaginada

 

En el influyente libro Imagined Communities (1993) el antropólogo social Benedict Anderson plantea una visión anti-esencialista de la nación sugiriendo que ésta no es un grupo “real” sino, más bien, una comunidad imaginada. Anderson sostiene que las relaciones directas y “reales” cara a cara, típicas de sociedades pequeñas como la aldea, desaparecen con el advenimiento de las sociedades masivas. No obstante, esto no es impedimento para que se geste una forma de solidaridad. Ahora bien, en efecto es imposible para cada chileno relacionarse y conocer de manera directa al resto de sus connacionales. El gran misterio es, en consecuencia, responder cómo se establece una “profunda y horizontal camaradería” (Anderson, 1993) entre los chilenos, a pesar del desconocimiento, las diferencias e inequidades que reinan entre nosotros. Anderson explica que en las sociedades de masas las relaciones sociales entre connacionales se establecen sobre la base de lazos imaginarios, y aunque sus miembros no se conocen si “participan de una imagen de su comunión”.

 

Este carácter imaginario de la nación no es opuesto a la realidad. Gracias a la función de la imaginación sabemos que mientras estamos acá, otros connacionales están en otras ciudades y parajes del mismo territorio nacional que llamamos Chile, sabemos que pagan sus impuestos, que pueden estar más o menos interesados en los destinos del país. Esta realidad de nuestra experiencia como comunidad nacional no es externa a la imaginación, sino que está compuesta muy importantemente por elementos imaginarios (¡pero no por ello falsos!). Es precisamente esta dimensión imaginaria donde se encuentra la mayor efectividad de la interpelación nacional, que como veremos logra generar sentimientos de pertenencia, de inclusividad y un mínimo de orden social y simbólico. Pero veamos cómo opera este proceso en más detalle.

 

Primer proceso ideológico: la proyección y la represión

 

Un primer indicio de la importancia de lo imaginario en la interpelación nacional la podemos encontrar en el nombre Chile. Como es sabido, no es claro el origen de la palabra Chile. Algunos se han aventurado a sugerir que es como los indígenas del norte y los Incas se referían a las tierras del sur. Otros, entre los que destaca el Abate Molina, sostuvieron que sería el nombre de un pájaro en lengua mapudungun. Como estas dos, hay otras especulaciones acerca del origen del nombre propio Chi- le. Me parece que es interesante atender a esta dificultad de nuestro nombre como país pues apunta precisamente a algo que es central. En tanto nombre propio, Chile es un término vacío, sin un significado claro y comprensible en lengua castellana. Es simplemente la arbitrariedad que ronda a todo nombre propio lo que en el caso de Chile se hace más evidente.1   Por lo mismo, no es equivocado sostener que el significado de Chile es aquél con el que simplemente nos identificamos de manera imaginaria y proyectiva.

 

El carácter imaginario de la identificación permite explicar cómo nos concebimos como chilenos con un sentido de pertenencia y solidaridad, a pesar de la distancia tiempo-espacio y las inequidades y diferencias que reinan entre los miembros de la comunidad nacional. La idea de comunidad imaginaria “Chile” también permite explicar la capacidad de inclusión de la interpelación nacional. ¿Cómo opera? Creo que las personas proyectan sus deseos y los contenidos que les parecen valiosos sobre una superficie fundamentalmente vacía de contenido específico. El nombre vacío de Chile, su bandera o su reproducción en forma de un mapa funcionan como superficies de proyección. Dado que no representan un contenido específico muy concreto, pues se trata de signos altamente ambiguos, multívocos, y abstractos, sobre estos significantes se pueden proyectar muy variados contenidos, lo que permite que muy diferentes grupos etarios, sexos, sectores socioeconómicos y perspectivas ideológicas se sientan identificados. Un tercer aspecto importante es que el término Chile opera como un “significante maestro” que tiene la capacidad de abotonar el campo discursivo entorno de él. ¿Qué implicancias tiene esto? Que podremos discutir los méritos de los diferentes proyectos ideológicos y políticos y las diferentes versiones sobre la identidad nacional, pero el supuesto fundamental e incuestionado es que nadie pone en duda la existencia de la comunidad nacional. Se excluye, por medio de la represión, la posibilidad de poner en duda la existencia y la unidad de la nación. El significante maestro Chile gesta de esta manera una mínima pero importante estabilidad al crear dos cosas. Primero, un terreno en que la lucha hegemónica entre las diferentes versiones de identidad buscarán imponerse. Este es el proceso “positivo” de la lucha ideológica. Y, segundo, un proceso ideológico que opera desde la negatividad por medio de una represión primordial (¡La existencia y unidad de Chile no se cuestiona!) que es fundamento del orden social y simbólico. Este segundo proceso ideológico es fundamental, pues otorga una sensación de continuidad y de valía a la comunidad nacional.2

 

Observemos atentamente lo que nos dicen los datos de la cuarta encuesta ICSO UDP (2008) acerca del nivel de identificación de la población con Chile. Es importante reconocer que la pregunta pone especial énfasis en un marcador de identidad específico: el territorio. No obstante, creo que es posible suponer que otros marcadores de identidad -como cultura o país- funcionarían de modo similar.

 

Esta identificación tan generalizada con Chile habla de una lealtad y de un patriotismo que constituye un enorme capital cultural que bien puede ser canalizado de manera positiva (o negativa, como ocurre con el chauvinismo). Estos datos que hablan de una alta lealtad e identificación pueden parecer muy naturales al sentido común de los chilenos, pero en verdad no lo son. No es poco frecuente en nuestros tiempos encontrar en otros países indicios de crisis de identificación con el estado nacional o con el propio país.3 ¿Cómo explicar este éxito de la interpelación nacional en el caso de Chile? ¿Cómo es posible que logre tal receptividad en diferentes estratos sociales, grupos etareos, segmentos ideológicos y sexos?

 

Creo que la fuerza de la identificación con Chile no es producto de que haya una versión específica de lo chileno que sea totalmente dominante.4 En otras palabras, el éxito de la identificación nacional no se explica por la capacidad de un discurso nacional de volverse hegemónico en su contenido al punto tal de consolidarse como una representación cristalizada compartida por la población. Lo que realmente ex- plica su éxito es que cualquiera que sea el resultado de la lucha por la hegemonía del contenido de lo que es la chilenidad, el supuesto fundamental de los diferentes discursos sobre lo chileno es que la existencia de Chile y de algo como la chilenidad y la comunidad nacional chilena unida aparece incuestionada. ¿Pero qué gatilla este proceso exitoso?

 

Identificación

 

Siguiendo ciertas interpretaciones psicoanalíticas, plantearé que tenemos una necesidad de identificación. Y esto nos lleva buscar identificaciones concretas con versiones de identidad nacional que nos interpelan. La cuarta encuesta UDP-ICSO nos entrega algunos datos interesantes que nos permiten observar cómo se instalan algunos significados específicos en el terreno vacío designado por lo chileno.

 

 El proceso de identificación nacional puede ocurrir a través de distintos medios y con diferentes objetos. Nos identificamos con objetos y símbolos, con prácticas rituales y discursos, con personajes y grupos que movilizan diferentes significados. No hay “un” significado ni “una” representación de la chilenidad. En consecuencia, lo que cada chileno o cada grupo social de chilenos percibe como la nación chilena es en realidad una entidad sobredeterminada, definida por una sucesión de identificaciones que la invisten con un aura de sentido cargado de emocionalidad en ocasiones sublime.5

 

¿Pero a qué se debe que necesitemos la identificación nacional? Las comunidades humanas, al igual que las personas consideradas individualmente están marcados por el vacío, la falta, el defecto (manque). Debido a que el vacío de sentido, que es ontológico y por lo tanto en realidad irreducible, es a la vez insoportable. Es por ello que el vacío llama al significado, nos impulsa a llenarlo con sentidos concretos, con proyectos. Así como buscamos darle un sentido a nuestras vidas, como comunidad nacional muchas veces buscamos realizar un proyecto de país. Ese ha sido el papel “privilegiado” que ha reclamado para sí la actividad política. Cada formación de identidad es un intento de llenar de sentido el vacío ontológico del sujeto colectivo (e individual) y de reprimir todo indicio de él.6  La identificación compensa en la experiencia concreta al sujeto individual y/o colectivo otorgándole un sentido de orden, de pertenencia común, de proyecto y de identidad.

 

El sentido de identidad nacional surge como el resultado de una cadena de identificaciones. Cada una transforma, total o parcialmente, la formación de identidad previa. La reproducción de la identidad ocurre en la rutina y la reiteración, la que en ocasiones se ve ritualizada. Se trata de un proceso dinámico que es estabilizado históricamente toda vez que se logran anclar, clausurar y abotonar articulaciones específicas de identidad por medio de una hegemonización del campo discursivo de lo nacional. Pero en principio, toda identidad es contingente y permanece abierta a re-interpretaciones. Es por medio de la operación del poder que ciertas maneras de concebir la identidad nacional se sedimentan y estabilizan, adquiriendo la apariencia de naturalidad, permanencia y esencialidad, ocultando así la contingencia de la identidad nacional.

 

El caso de la cueca y su articulación con la “chilenidad” es un buen ejemplo de cómo lo contingente y variable es ocultado. Pocos recuerdan que ésta fue instituida como “el” baile nacional sólo en 1979 por medio de un decreto de ley con el propósito ideológico de intervenir en la cultura por medio de un reforzamiento institucional. Esto, con el propósito de poner en un segundo plano las expresiones de la nueva canción chilena de las décadas de 1960 y 1970 y otros ritmos y expresiones de gran popularidad, algunos reconocidamente foráneos como la ranchera (México) y la cumbia (Colombia).7  La cueca chilena se baila desde (al menos) mediados de los 1800, y aunque sus antecedentes son difíciles de trazar, los más fidedignos nos llevan a concordar con aquellos que establecen su origen en la zamacueca peruana (si usted la ha oído, encontrará las similitudes rítmicas).

Es decir, la cueca tampoco es del todo chilena. Lo cierto es que se trata de un baile apreciado y muy querido, pero que no es frecuentemente practicado. Ocurre especialmente en un contexto ritual secular celebrado anualmente cada 18 de Septiembre, fecha en que se conmemora la Independencia de Chile. Las autoridades participan activamente y deben bailar en cada inauguración de las fondas o ramadas, que son los lugares de festejo público y que se instalan en todo Chile. Aunque no se trata de un género de música que se oye o baila cotidianamente, la cuarta encuesta UDP nos muestra que la mayor parte de los encuestados conoce y gusta de ella sin distingos importantes de sexo ni grupo socioeconómico, y que una importante mayoría de los jóvenes también la aprecian mucho.

 

En este caso el proceso de identificación ocurre con un símbolo, unas prácticas y un rito que envuelve a la cueca y mediante el cual el sujeto individual y/o el grupo la asimilan como propia y valiosa. El gusto manifiesto por la cueca no es separable de su investidura de proclamado baile nacional, por lo que en ocasiones adquiere un aura de sublimidad.8 Por otra parte, la cueca también pertenece a un nacionalismo banal (Billig, 1995) y cotidiano, muy familiar y por lo mismo incuestionado y participa activamente de la reproducción de nuestra identidad nacional en la vida cotidiana. El nacionalismo banal se refiere a las condiciones ideológicas difusas que existen en las sociedades y que hacen parecer como natural la relación entre una cultura, una lengua y una organización política de la población sobre un territorio. 9

 

Los mecanismos de la reproducción de este nacionalismo banal se encuentran muy difundidos en el habla cotidiana (el acento y los giros idiomáticos propios de los chilenos), en las prácticas nacionales simbólicamente cargadas (la cueca, la comida), en los discursos de los políticos que suponen la unidad de Chile, en la devoción de la hinchada por la selección nacional, en la formación de estereotipos nacionales difundidos por los medios de comunicación (el roto chileno) y en una serie de rituales seculares y eventos mediáticos, como la parada militar e incluso la Teletón. Estos mecanismos sutiles inscriben en la conciencia colectiva a la nación.


Los rituales de identificación nacional

 

Emile Durkheim creía que los rituales funcionaban como el pegamento simbólico de las sociedades, pero que en sociedades cada vez más complejas como la moderna esta función tendería a desaparecer. Sin embargo, autores posteriores han observado que una serie de rituales seculares cumplen con una función similar a la de la religión.10 También en Chile podemos observar algunos rituales o ceremonias que expresan una identificación colectiva. Este proceso de identificación es favorecido por el funcionamiento de los medios de comunicación que logran acercar en tiempo y espacio a una gran masa de personas que ya no pueden interactuar de manera directa. Primero, ambos representan la unidad social. Segundo, expresan el compromiso con ciertos valores tenidos como fundamentales de la nación. Tercero, se trata de rituales mediados por los medios de comunicación de masas.

 

Contrariamente a lo que pudiera pensarse, los rituales mediados no se circunscriben a eventos excepcionales.11 Frecuentemente son prácticas situadas en el calendario cívico con cierta periodicidad, como ocurre con la instalación de un nuevo presidente o presidenta de la república cada cuatro años, las cuentas anuales de los gobiernos cada 21 de Mayo, o las celebraciones de la Independencia y el día de las Glorias del Ejército y las Fuerzas Armadas todos los 18 y 19 de Septiembre.

 

La parada militar, que conmemora las glorias del Ejército de Chile es un evento mediático ampliamente conocido (un 99,2% la conoce). Se trata de un rito secular, que sigue un protocolo simbólico en que se manifiesta, por una parte, la sujeción de los militares al poder civil legítimo en el momento en que se solicita permiso al Presidente para iniciar el desfile y, por otra, la integración de los militares con el pueblo. Pero el desfile es también una ocasión en que se recuerdan todas las glorias militares de un ejército, que como dice el mito popular, no ha sido vencido en guerra alguna. La conmemoración militar, de rasgos más bien nacionalistas, es también un acto de afirmación de identidad y orgullo nacional por medio del reforzamiento de fronteras y la diferenciación de otros. La inteligibilidad del despliegue militar no se justifica sólo en un rito. Es también el mensaje de la parada es claro: se trata de un ejército disciplinado que cumple con la principal misión de defensa frente a un enemigo de la comunidad y el territorio nacional. Es un evento que cubre varias horas y que es televisado por la mayoría de los canales de televisión abierta y que la gran mayoría de los encuestados sostienen que es de su agrado (70,7%). La Parada Militar ocurre en el Parque O’Higgins, que es también el centro de las celebraciones populares de las fiestas patrias en Santiago. De este modo el rito nacional secular condensa significaciones complejas que incluyen lo cívico, lo marcial y la celebración popular.12 De este modo el orden político y marcial se complementa con la celebración caótica del pueblo. Ambos momentos se implican y necesitan mutuamente.

 

Se observa que de generación en generación esta apreciación favorable va en des- censo, siendo en la categoría de encuestados más jóvenes muy parecido el porcentaje de personas que responden que les gusta (51,4%) con aquel que les desagrada (47,2%). También es interesante apreciar que las diferencias entre sexos no son muy significativas. Es destacable la correlación entre el gusto (no gusto) por la parada militar y la pertenencia a estratos socioeconómicos: mientras más bajo es el estrato socioeconómico la popularidad de la parada militar parece ser mayor.

 

Otros rituales periódicos son menos políticos, aunque no por ello menos eficaces en la promoción de un sentido de unidad de la comunidad nacional. Tal es el caso de las campañas que se realizan periódicamente para juntar fondos para los niños y jóvenes discapacitados que son atendidos por la fundación Teletón. Estas campañas involucran a los medios de comunicación de masas, especialmente a la televisión y a un buen número de importantes compañías que promocionan y contribuyen con la venta de sus productos a la causa de la Teletón.

 

En la retórica de la campaña observamos un nacionalismo banal que está a la base de la interpelación que posiciona a los sujetos desde virtudes y emociones como la generosidad, la solidaridad, la empatía y la caridad. Estas virtudes y emociones se representan, experimentan y ejecutan colectivamente. No se trata de una tarea individual o grupal, sino que es el conjunto de la comunidad nacional en tanto totalidad unida la que debe cumplir con la meta establecida. El aporte solidario que cada chileno a la distancia se ejecuta mientras muchos otros millones de connacionales hacen lo mismo. Cada acto es valorado individualmente en tanto contribución. Se crea de este modo la magia de la que habla Anderson (1993): esa profunda camaradería horizontal que nos hace sentir miembros de la misma comunidad.

 

Conclusión

 

Como todo ensayo, este es un intento interpretativo que tiene sus limitaciones. Una investigación más completa sobre nuestra identidad requerirá en el futuro indagar más sistemáticamente un número mucho más amplio de variables identitarias y sus valoraciones relativas por parte de la población. Es necesario considerar una infinidad de prácticas y objetos, como la bandera, el himno y la canción nacional, la selección nacional de fútbol, la educación escolar, las representaciones y estereotípos nacionales que circulan en las conversaciones y en los medios masivos, por nombrar sólo algunos. Con todas sus limitaciones, este ensayo es un primer paso que puede abrir caminos de indagación y perspectivas de interpretación.

 

He intentado afirmar que la identificación rebasa lo puramente individual. Esto se hace evidente cuando observamos que los individuos construyen sus identidades personales sobre la base de materiales culturales con significación social. Más aún, lo normal es que se produzca en el sujeto individual una introyección de representaciones sociales disponibles, de modelos construidos por discursos ya elaborados, prácticas, rituales y artefactos significativos que son externos pero que pasan al interior de manera fantaseada. Estos elementos externos –como el acento y una jerga propia del chileno, la cueca, la Teletón, el desfile de las Fuerzas Armadas, la bandera, el nombre Chile, un mapa nacional, imágenes del territorio nacional o de su gente, la camiseta de la selección de fútbol o una arenga nacionalista- interpelan a los sujetos y los instan a identificarse con ellos. Así, tanto las identidades individuales como grupales están mediadas por repertorios culturales disponibles, imágenes y sistemas de representación simbólica que son sociales y que luego son adquiridos e interpretados. Estos materiales culturales pasan de modo fantaseado al interior de la psique y le permiten al sujeto recibir/construir una imagen de lo que la nación chilena es y compartir un orden moral y de afectos con sus connacionales.14

 

Más que una adhesión puramente cognitiva a un proyecto nacional, el afecto por la patria es una adhesión emocional a una creencia. Creencia de pertenencia a una comunidad de sentimientos y a una manera de ser, en que el amor a lo asumido como propio y a veces el rechazo a lo foráneo son muy relevantes.15 Es por ello que la noción de nación no es sólo una idea o concepto y que, por otra parte, es especialmente apetecida por los diferentes proyectos políticos (que son también frecuentemente económicos, sociales y culturales). En su afán por lograr instalar una hegemonía no es raro encontrar proyectos que elaboran conexiones ideológicas con la noción afectiva de nación, anclando sus ideas e intereses más específicos en la noción inclusiva, vaga y englobadora de nación o patria. Intentan así estabilizarse y articularse con los sentimientos más profundos de la población.

 

He intentado mostrar cómo algunas prácticas y ritos significantes concretos, como la cueca, la parada militar y la Teletón se inscriben en un territorio ya delimitado por una exclusión fundamental que los hace posible: la represión de la posibilidad de no-identificación con Chile. La magnitud de la identificación con Chile detectada en la encuesta se explica por la articulación de dos niveles ideológicos: uno positivo que hegemoniza el territorio de lo significable (la cueca es “el” baile nacional y no la cumbia o la ranchera) y otro negativo que lo delimita por medio de una represión primordial (la existencia y unidad de Chile es incuestionable).

 

Referencias

 

Anderson, B.1993, Imagined Communities. London: Verso. Billig, M. 1995. Banal Nationalism. London: Sage.
Laclau, E. 1989. “Preface”, en S. Žižek The Sublime Object of Ideology. London: Verso. Laplanche, J. & Pontalis, J-B. 1998. Diccionario de Psicoanálisis. Bs.As.:Paidós.
Larraín, J. 2001. Identidad Chilena. Santiago: Lom.
Shils, E. y Young, M. 1953. “The Meaning of the Coronation”, The Sociological Review, 1 (2): 63-81. Žižek, S. 1989. The Sublime Object of Ideology. London: Verso.
Žižek, S. 2000. “Class Struggle or Postmodernism? Yes, please!”, en J. Butler, E. Laclau & S. Žižek Contingency, Hegemony, Universality. Contemporary Dialogues in the Left. London: Verso.

 

Notas

1        Autores como Žižek (1989) y Laclau (1989) se apoyan en la teoría de Kripke sobre los nombres propios y sostiene que los nombres propios no derivan su significado de descripciones de las cualidades esenciales de los objetos a que se refieren, sino simplemente resultan de un acto de bautismo que es radicalmente arbitrario y convencional entre la comunidad de hablantes. Aunque otros nombres de países  pueden parecer menos arbitrarios que Chile, como ocurre en los caso de aquellos que se relacionan a sus grupos étnicos fundamentales, me parece que en general este carácter de arbitrariedad en la designación y de significante vacío no es exclusivo de Chile.
2    Esta discusión de dos niveles del proceso ideológico se encuentran claramente explicado en Žižek (2000: 110).
3    Por ejemplo, en Europa se discute muchísimo acerca de la crisis de la nación-estado y del reforzamiento de leal- tades e identificaciones sub-estatales – con la propia región o etnia- o paraestatales con la Unión Europea. Pero este cuestionamiento de la identificación en el nivel estatal-nacional no es un fenómeno exclusivo de Europa. También en Latinoamérica encontramos casos en que se refuerzan identificaciones subnacionales territoriales o étnicas que se im- ponen a la identificación nacional-estatal, como parece estar ocurriendo en Bolivia.
4    Jorge Larraìn (2001) identificó varios discursos sobre lo chileno, entre ellos, el discurso católico, el discurso militaris- ta, el discurso popular, y el discurso empresarial-neoliberal. El libro de Larraín es muy importante. Pero en mi opinión no analiza realmente la lucha hegemónica entre las diferentes versiones de discurso, ni aborda el problema detectado por la teoría de la ideología de Žižek de la represión de la fantasía que encuadra lo que es posible de ser pensado. Como se verá este último punto es fundamental.
5   El término investir (catexis) es importante en el psicoanálisis, que distingue entre las representaciones y la magnitud del afecto que se les otorga/asocia. Sin embargo, esta es una distinción analítica. En el proceso cotidiano la significación incorpora este aspecto afectivo.
6    Aunque como enseña el psicoanálisis, lo reprimido siempre vuelve a emerger.
7    La cuarta encuesta UDP muestra que también hoy hay un difundido gusto por estos géneros musicales en la pobla- ción chilena.
8    Esto sucede, por ejemplo, cuando las familiares de los detenidos desaparecidos bailan solas.
9    Billig distingue el nacionalismo banal de los objetos ideológicos más articulados típicos de otros estudios sobre las ideologías nacionalistas.
10   E. Shils y M. Young (1953) sostuvieron que la coronación de la Reina Isabel II fue lo más parecido a un “acto de comu- nión nacional”, de “inspiración” y “compromiso con (re-dedication to) la nación”. La coronación de los monarcas británicos está plagada de simbolismos religiosos, aspecto que tal vez facilitado por la coincidencia en el monarca británico de la autoridad soberana y la autoridad sobre la Iglesia Anglicana.
11      Esto no quiere decir que no haya eventos mediáticos singulares que se apoyan sobre similares supuestos ideoló- gicos de la unidad de la nación. La lectura televisada que hizo el ex - presidente Patricio Aylwin del reporte del Informe Rettig fue un evento mediático de enorme impacto. Este puede ser interpretado como un ritual mediado, en el que la comunidad nacional es invitada a reconciliarse. En aquella oportunidad, el ex - presidente reconoció la responsabilidad de Estado de Chile en materias de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el gobierno autoritario y abogó por la reconciliación nacional, de reparación y justicia en medida de lo posible. Pero esto no puede ser llamado un ritual político propiamente pues carece de la rutinización necesaria y su excepcionalidad lleva a dudar de su fun- cionalidad simbólica. No obstante, es posible encontrar en estos eventos formas ritualísticas mediatizadas, símbolos y maneras de comunicar cercanas a la vida cotidiana de los ciudadanos. Tal es el caso del llamado a la unidad nacional, la conmemoración de un pasado republicano que nos honra, a una capacidad patriótica de poner a Chile por sobre los intereses legítimos de grupos de personas o sectores políticos.
12    Claudio Fuentes, historiador y especialista en relaciones cívico-militares, me ha sugerido que la parada es más bien un ritual de integración de militares y el pueblo. Tomo en parte su interpretación y agradezco su comentario.
13    Sólo especulativamente podemos proponer que la propia lógica de campañas periódicas han producido con el tiempo un cierto agotamiento de esta estrategia de recolección de recursos financieros que está en ejercicio ya dos décadas.
14    Aquí aludo al proceso de identificación profunda que sucede como resultado de la introyección, que es como el psicoanálisis se refiere al pasar al ‘adentro’ del aparato psíquico objetos y/o cualidades inherentes de esos objetos que son pertenecientes al mundo exterior (Laplanche & Portanlis, 1998). Este proceso puede involucrar una identificación con el yo o con el ideal del yo, cobrando un rol modelante de la identidad.
15    Estudiosos del nacionalismo como Anderson (1993) han hecho notar que en ocasiones la idea de nación y el nacio- nalismo se parece más a la religión que a las ideologías racionalistas como el liberalismo o el socialismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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